Aprender a Pensar

Bitácora de clase

APRENDER A PENSAR CRÍTICAMENTE 2011

LITERATURA POR UNIDAD

TEXTOS  DE  OPINIÓN

22-07-10

TEXTO 1.

El igualitarismo sexual

Por Mariano Grondona

Noticias de Opinión:

Jueves 15 de julio de 2010

  • El debate sobre el matrimonio “gay” se ha venido intensificando hasta convertirse en una “polémica” (del griego “polemós”, “guerra”) por dos razones. Una de ellas, circunstancial, es que Kirchner ha intentado reducirlo a su propia confrontación con el cardenal Bergoglio. Pero la otra razón, visceral, es que el debate se ha vuelto polémico porque afecta nada menos que a nuestra concepción de la familia.
  • Hasta hace poco tiempo, los ciudadanos homosexuales habían sido discriminados. Según Aristóteles, la justicia consiste en “tratar a los hombres como iguales en lo que son iguales y como desiguales en lo que son desiguales”. Los homosexuales y los heterosexuales, por lo pronto, son iguales en dignidad, y todo aquello que conduzca a “desigualar” a los homosexuales por debajo de los heterosexuales es discriminatorio y por lo tanto injusto.
  • Si la discriminación de una categoría de ciudadanos como los homosexuales vulnera su igual derecho a la dignidad, debe ser condenada. Desde hace unos veinte años, detrás de liderazgos ampliamente reconocidos como el de los hermanos Jáuregui, la sociedad argentina ha avanzado un buen trecho contra la discriminación sexual, manifestándose por ejemplo a favor de la igualación de los derechos sociales y económicos de las parejas homosexuales respecto de las parejas heterosexuales.
  • Pero este avance bienvenido de la igualdad, ¿no corre a su vez el riesgo de irse al otro extremo, convirtiéndose en “igualitarismo”, si además se pretende igualar lo que no es igual? En su meritoria lucha contra la discriminación, ¿no han cruzado las organizaciones homosexuales esta sutil frontera al reclamar que también se llame “matrimonio” a la unión homosexual y al otorgar a una pareja homosexual de dos hombres o dos mujeres un idéntico derecho de adopción al de una pareja heterosexual que salva la distinción entre el padre y la madre, entre el hombre y la mujer?
  • Más allá de las pasiones y las ideologías en contraste, ¿no existe entonces una “diagonal” moralmente justificada en reconocerles a las parejas homosexuales todos los derechos económicos y sociales de las parejas heterosexuales mientras se reserva para éstas el uso exclusivo de la palabra “matrimonio” y un derecho de adopción abierto a la posibilidad de que cada hijo, adoptado o natural, tenga un padre y una madre en lugar de dos padres o dos madres? No parece injusto buscarles entonces a las parejas homosexuales otro nombre, por ejemplo “unión civil”, que preserve su derecho a una igual dignidad sin confundir por eso lo desigual con lo igual. Según una feliz metáfora de Pablo VI, en un coro es igual la dignidad del tenor y la soprano sin que se pretenda por eso que sus voces sean intercambiables. Más allá de la discriminación y el igualitarismo lo que debiera brillar es, simplemente, una justa igualdad.

TEXTO 2.

¿Sí o no al matrimonio gay?

Por Mariano Grondona

Jueves 3 de junio de 2010

El proyecto que consagra el matrimonio gay ha pasado al Senado, donde lo espera un arduo debate. El tema dejó de ser “partidario” para alojarse en la conciencia de cada uno de los senadores, a quienes se les ha convertido en una opción “moral”. Desde el momento en que ya nadie discute el derecho de los homosexuales a formar libremente sus parejas con consecuencias legales comparables a las de las parejas heterosexuales, el dilema que enfrentan nuestros senadores podría reducirse a esta pregunta: la palabra “matrimonio”, ¿debe aludir también a la unión entre los homosexuales o ha de seguir reservándose, como hasta ahora, a la unión entre los heterosexuales, buscándose en tal caso otra palabra para aludir a las parejas del mismo sexo? Podría pensarse que sólo nos hallamos ante un problema “nominal”, de meras formas, pero la pasión que se ha desatado entre los contrincantes de este debate permite sospechar que en él hay en juego algo más profundo que una cuestión de palabras.

Si nos hallamos ante una cuestión moral, podría traducírsela por este otro interrogante: ¿es “justo” que la palabra “matrimonio” cubra por igual a la unión entre los heterosexuales y a la unión entre los homosexuales? Cuando definió a la justicia, Aristóteles señaló que ella no es idéntica a la igualdad porque, en tanto es justo tratar como iguales a los hombres en la medida en que son iguales, no lo es tratar como desiguales a los que son iguales ni, tampoco, tratar como iguales a los que son desiguales. Si todos tenemos derechos humanos, por ejemplo, sería injusto reconocérselos a los amigos, pero no a los enemigos. Pero también sería injusto otorgarles la misma nota a quienes no han exhibido el mismo mérito en un examen, porque en tal caso caeríamos en la famosa denuncia de Santos Discépolo: “Lo mismo un burro que un gran profesor”.

Quizá podría decirse entonces que, en tanto seres humanos, los homosexuales tienen el mismo derecho a la libertad del que gozan los heterosexuales, desechándose a partir de aquí toda discriminación, como tampoco la aceptaríamos por el color de la piel o la religión. Quienes se oponen al matrimonio gay hacen notar empero que aquellos que pretenden equipararlo al matrimonio tradicional se están apropiando indebidamente de un concepto que viene del fondo de la historia. En la encíclica “Populorum Progressio”, el papa Pablo VI señaló que en un coro hay que distinguir entre un tenor y una soprano, pero reconociéndoles a ambos una igual dignidad. Si le reconocemos a la unión entre homosexuales la misma dignidad que a la unión tradicional, ¿esto exige acaso sostener además que “son lo mismo”?

TEXTO 3.

Sí, quiero

Por Alejandro Cruz
16 de julio de 2010 |

La sensación térmica es extraña, rara, diversa. A eso de las 4 de la mañana de anoche, en la Plaza del Congreso, dicen que hace tres grados. Sin embargo, cuando se anuncia que 33 senadores, contra 27, votaron a favor del casamiento gay la térmica estalla. Y estallan los abrazos. Y los ojos se humedecen. Y suenan vuvuzelas, y un celular, dos, varios, muchos. Y vienen más abrazos. Y todo, de buenas a primeras, es felicidad. Así de simple. Así de sencillo.

“Igualdad”, gritan algunos. Otros, explotan en gritos contenidos o silenciados por años. Más allá, se renueva la ronda de abrazos. Un señor que supera los 60 mira al cielo. Pertenece a una generación que nunca habrá imaginado ser protagonista de un logro como éste. Nunca. Y se pierde vaya a saber pensando en qué, en quién; hasta que se le acerca una joven desconocida que lo abraza. Y la ronda se renueva, gira, atrapa.

María Rachid toma la palabra. Dice, con la voz que le queda, que nuestro país es el primero de América latina que aprueba una ley como la que los señores de allá enfrente, en el Congreso, acaban de votar. La térmica vuelve a estallar y el pecho se llena de una sensación cercana al orgullo. Y no necesariamente se trata del orgullo gay. A lo sumo, se trata del orgullo de ser argentinito.

Horas antes, el dibujante Liniers, que hizo un cálido aguante junto a Kevin Johansen, dijo que tenía la sensación, casi la certeza, de que todos sus duendes, salvo un “descarriado”, eran gays. Y la gente (los gays, los jóvenes, los héteros felices de serlo, las señoras mayores tapadas con hermosos tapados, los trans, los militantes que están horas sosteniendo banderas, mi sobrino, los cuarentones, las lesbianas, mi pareja, TODOS) sonreímos en medio de una jornada que pasará al recuerdo.

La percepción de estar viviendo una jornada histórica atraviesa la noche. Se cuela aún entre los típicos comentarios que uno hace cuando ya está aburrido y agota los bolsillos de las anécdotas que tiene más a mano. El frío parece ser el detalle épico siempre necesario en los grandes momentos (por lo menos, así sucede en Hollywood).

Horas antes, una panchería frente a la plaza parece un set de una película de Bollywood. Unas 100 personas acurrucadas escuchan en silencio a Rodríguez Saá (con el inevitable dëjà vu que generan sus inflexiones de voz). El televisor está apoyado sobre un mostrador vacío sobre el cual hay una bandera argentina. En medio de ella, un cartel verde fluo dice “panchos”. Los dichos de los senadores generan efectos parecidos a un partido de fútbol en el cual hay golpes bajos, tarjetas amarillas, goles y jugadas peligrosas que son seguidas con suma atención. Se está jugando otro mundial que, esta vez, la Argentina ganó.

TEXTO 4.

Opinión

El matrimonio gay, por encima de Kirchner y la Iglesia

Por Luis Majul

14de julio de 2010

La encendida polémica sobre el matrimonio entre homosexuales no debería estacontaminada por intereses políticos ni religiosos, sino dominada por la honestidad intelectual y la libertad de conciencia.

Para empezar, quiero dejar sentado, una vez más, que estoy a favor de la iniciativa porque defiendo la igualdad de derechos y no creo que la elección sexual sea un impedimento para gozar de ellos. Tampoco encuentro razones científicas o emocionales para que una pareja de homosexuales no pueda contraer matrimonio, adoptar niños, compartir la obra social o gozar de los mismos derechos hereditarios que tienen los heterosexuales cuando su pareja muere.

Soy consciente de que Néstor Kirchner y la presidenta Cristina Fernández se subieron al tren de la ley de matrimonio entre homosexuales tarde y mal, igual que lo hicieron con las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, el Fútbol para Todos o la popularidad, aún discutida, de Diego Maradona. No ignoro que su tardía defensa del proyecto tiene una segunda intención: la de competir con el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, porque ese enfrentamiento les resulta funcional a su proyecto político de progresismo superficial e infantil. En ese sentido, la jerarquía de la Iglesia, calificando como una guerra entre Dios y el Diablo a este debate legítimo, le hace al Gobierno un enorme favor. El de presentarse como una organización anacrónica e inflexible, alejada de la vida cotidiana y los cambios culturales.

No comparto los métodos kirchneristas de subir al avión oficial a senadores que iban a votar en contra de la ley o presionar a legisladores a través de la chequera sólo para salirse con la suya. Para muchos, todavía sigue siendo muy importante cómo se aprueba una ley, y no sólo el hecho de que se sancione. Pero también me parece muy grave que se use a los niños de colegios católicos como activistas inocentes en contra de la ley, cuando está claro que se trata de un asunto de adultos. Estoy seguro de que la Iglesia Católica en el mundo sería mucho más comprendida si sus autoridades tuvieran la mente más abierta y empezaran por aceptar la diversidad de la condición humana por encima de una supuesta y única verdad.

Aunque no los comparto, parecen atendibles algunos argumentos de quienes se oponen a la ley de matrimonio gay. En especial los que sostienen que el tema merece un debate más profundo y menos viciado por los intereses políticos y religiosos. Sin embargo no tengo dudas de que las posiciones de quienes no la quieren, son muy parecidas, en perspectiva, a las que en su momento plantearon que la ley de divorcio llevaría a la destrucción de la familia y el retroceso de toda la sociedad.

Cuando se discuta en el recinto de la Cámara alta la posibilidad de aprobar o no el matrimonio entre homosexuales, se deberá tener en cuenta que el proyecto se impuso por amplia mayoría en Diputados, una organización que por su número y su conformación, suele expresar intereses más diversos y complejos que el Senado, donde prevalecen los intereses de las provincias por sobre los de todo el colectivo social.

Sea cual fuera el resultado tampoco se debería ignorar lo que sucede hoy en la Argentina, más allá de la legislación vigente.

Hay miles de parejas homosexuales que viven en armonía matrimonial, aunque todavía no se hayan unido en matrimonio. Existen miles de niños que han sido adoptados por mujeres y varones solteros, y hoy son criados por parejas de homosexuales con el mismo amor y la misma contención que muchos otros hijos a los que crían y educan un papá y una mamá. Cientos de lesbianas ya han recurrido a métodos como la inseminación artificial para concebir a sus hijos sin necesidad de enterarse de quién es el padre. Muchos homosexuales varones fueron ayudados por mujeres “amigas” o “desconocidas” para cumplir el deseo de “tener” un niño sin “la obligación” de compartir la vida con ellas. Ahora mismo, hay muchos adolescentes o jóvenes adultos que viven con “dos papás” o “dos mamás” porque sus padres o sus madres, en algún momento de la vida, decidieron cambiar su amor heterosexual por otro homosexual.

Más allá del aprovechamiento político del kirchnerismo y de la pretensión de la Iglesia de imponer un solo modelo de familia por encima de otros, hay una dinámica social que avanza con fuerza y sin hacerle daño al otro. Más tarde o más temprano las leyes convalidarán los derechos de esas minorías, porque no hay interés político o religioso que pueda detener la realidad durante mucho tiempo más.

TEXTO 5.

La experiencia de un escritor en un aula del conurbano

Son boleta

Por Guillermo Saccomanno

No creo que muchos escritores se le animen a una clase de escuela media del conurbano. Pero que los hay, los hay. Es que no es sencillo encarar las aulas de la marginalidad, esos pibes que vienen de pobreza, violencia, droga, alcohol. A algunos les cuesta expresarse con algo más que un ininteligible fraseo primal. Estos son los pibes a quienes los docentes deben transmitirle el amor a la lectura. Pero, ¿cómo transmitir ese amor cuando no se lo siente? Más de una vez en los colegios planteo que los docentes no leen. “Los adolescentes, querrá decir”, me quiso enmendar una maestra. “No, le dije. Entendió bien: dije los docentes.” La mujer, como varias de sus colegas, me miró con odio. “A ver, cuéntenme qué leyeron anoche”, les pregunto. Silencio.

Por supuesto, hay causas, razones, determinaciones sociales que hacen que las maestras y maestros puedan preferir a la noche Tinelli, baile de caño, pizza y birra; y, excepcionalmente, los progres, el discurso facilongo de 6, 7, 8. No los culpo. Estoy convencido de que los docentes deben ganar más que un diputado, pero también de que ellos eligieron la trinchera en la que se encuentran. Y es una trinchera donde bajar la guardia es riesgoso. Las víctimas están ahí, en sus pupitres, frente al pizarrón, expectantes. Y por la expresión tienen todo el aspecto de estar en otra, en otra realidad que no es la del aula. Una más cruda.

El año pasado, junto con un grupo numeroso de escritores, participé en la movida del plan de lectura del Ministerio de Educación, iniciativa formidable: se imprimía un relato de cada escritor y luego se lo distribuía, en formato fascículo, en las aulas de los colegios. Más tarde, una vez que los alumnos habían leído el relato en la clase de literatura, el escritor iba al aula y conversaba el texto y sus aspectos con sus lectores. La actividad, en los colegios de clase media, se cumplía. Pero en más de una oportunidad, en colegios más golpeados –que son los más–, el resultado no era el esperado. La frustración no dependió del ministerio, ni de los autores. Fue responsabilidad de los mismos docentes.

Me acuerdo de un colegio del conurbano. Al llegar al cole, nadie sabía dónde estaba el paquete con los fascículos. Nadie los había visto. Hasta que una funcionaria del colegio pareció reaccionar de un ataque de amnesia y recordó dónde estaban guardados. Los fascículos del Plan de Lectura habían sido archivados en un depósito. Ni se los habían pasado a la profesora de Lengua.   Tampoco la profesora de Literatura se había interesado por la cuestión. Además, ese día la profesora de Literatura no había llegado aún. Por lo tanto, la actividad la iba a coordinar otra profesora, la de Inglés. No era un día tranquilo en el colegio. Habían faltado celadores. Y profesores. Las pibas y los pibes, casi el colegio entero, hacían quilombo en el patio. Tarde, pero al fin, apareció la profesora de Lengua. Y fuimos al aula. Como habían faltado profesores, la directora tuvo la idea de juntar dos divisiones. Preferible meterlos en esta actividad, aunque no tuviera nada que ver, a que estuvieran alborotando en el patio. Me pregunté cómo manejar la situación. Sesenta alumnos me superaban. Además no se trataba sólo de que no hubieran cumplido con la actividad: leer un cuento. La profesora tampoco tenía demasiada idea de qué se trataba el plan. Se me ocurrió que si no habían leído antes el relato, bien podríamos leerlo entre todos en clase. Pero esas pibas y pibes apenas sabían deletrear una palabra. Con paciencia, les propuse que cada uno leyera una frase y le pasara luego el fascículo a un compañero, una compañera. De ese modo, pensé, el relato se hilvanaba, se construía una lectura colectiva. Y terminaríamos de leer el cuento. Quien leía una frase, con dificultad, balbuceando, pasaba el fascículo con alivio. Se tardaba en completar el sentido del relato, pero era algo.
Desde el fondo, unos pibes bardeaban. Dados vuelta, bardeaban. El bardo iba en aumento. Pronto fue imposible la lectura. Le pedí a la profesora que dejara retirar del aula a los chabones (sí, les dije chabones) si no les interesaba la actividad. La profesora titubeó. Por fin, desconcertada, asintió. Los pibes se pararon. Ahí volví a hablarles: “Sé que tienen motivos para embolarse. Como sé que alguno de ustedes chuparon o se falopearon antes de venir al colegio.   Sé también que algunos de ustedes hoy vieron al viejo fajar a la vieja. Y también que tal vez los que cobraron fueron ustedes. Sé que no la tienen fácil. Sin laburo, sin un mango. Encima, el colegio. De verdad, es mucho pedirles a ustedes, dados vuelta, que se queden tranquis en el aula. No me careteen. Pueden salir”. Los pibes empezaron a caminar hacia la puerta del aula. “Pero antes –les dije–, sepan que si cruzan esa puerta son boleta.”

Los pibes se frenaron. Atónitos, me miraban. Ahora no volaba una mosca. “Porque si estoy acá es por ustedes. Si no saben leer, ustedes no saben sus derechos. Y si no saben sus derechos, cuando la Bonaerense los agarre con un fasito, los pueden fusilar. Vayan nomás. Los ratis los esperan.”
Callados, de pronto tímidos, de pronto chicos, volvieron a sus asientos.
Continué la clase como pude. Cero heroísmo. Taquicardia sentí. Me había sacado, me reproché. Traté de disimular que me temblaba el pulso. Mi sonrisa ante el aula era de plástico. No me gustaba esta situación. Pero la remé. ¿Acaso tenía otra alternativa? Sé que esta historia no me deja bien parado. Y que se me acusará de autoritario, patotero y políticamente incorrecto. Pero fue lo que pude hacer. Y no me avergüenza contarlo.

Hace tiempo que la realidad educativa se fue al carajo. Y que no son pocos los esfuerzos ministeriales como tampoco los docentes que, en esta realidad, se debaten peleando por mejorar el nivel de la educación. Pero no alcanza. Como tampoco alcanza que los escritores pongan el cuerpo en las aulas, lo que, a esta altura, me parece, es más que un deber una misión. Los debates en el Malba o en las librerías de Palermo pueden esperar. Los pibes y pibas de los colegios estatales, no. Y, que conste, estas reflexiones no deben inquietar sólo a los docentes.   También a los escritores. Porque mañana terminarán escribiendo para clientes y no para lectores.   Si es que ya no lo están –perdón, estamos– haciendo.

Domingo, 18 de julio de 2010- diario Página 12

CANCIÓN DEL BICENTENARIO

Y van dos siglos de Sombra y Luz… (Gieco- Porcheto)

Esta es la Canción del Bicentenario, un tema realizados por León Gieco y Raúl Porcheto, dos referentes de la música con carga social de nuestro país.
Su letra es  simple, cotidiana y directa… poesía para un pueblo que debe festejar pero también hacer memoria y balance para avanzar sin cometer los mismos errores.

Tema: Canción del Bicentenario

Intérpretes: Raúl Porchetto y León Gieco

Álbum: (no ha sido editado todavía)

Año: 2010

Y vamos, lealtad y traición,

lucha y decepción.

Dos siglos que van, van, van…

Y vamos, gloria y pasión, libertad y dolor.

Dos siglos que va, van, van…

Y van…Dos siglos de inicio y final.

Nación…Persistente y desigual

Y vamos… trampas en la ley, ganar o perder.

Dos siglos que van, van, van…

Y van… dos siglos de ayer y hoy,

historia, de esperanza rota en dos.

Y vamos, sin saber muy bien,

que vendrá después, dos siglos que van, van, van…

Y vamos… Salvador vencido, milagro escondido.

Dos siglos que van, van, van…

Y vamos…

Y van… dos siglos de sombra y luz.

Nación… de un destino a cara o cruz.

Y vamos… hechos y desechos,

blanco, gris o negro.

Dos siglos que van, van, van…

Y van…Dos siglos de guerra y paz.

Historias de mentira y verdad…

CUENTO: “Mil grullas”  de Elsa Bornemann

Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos.

Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.

Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.

Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.

¡Ah… y también se estaban descubriendo uno al otro!

Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.

Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…

Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.

-No tengo hambre —le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía—. Te dejo mi vianda —y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.

Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún…

El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.

Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.

A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.

Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque…

Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque…

Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! —pensaron los dos al mismo tiempo.

Miyashima: pequeña isla situada en las proximidades de la ciudad de Hiroshima

Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.

Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas, -Para cuando termine la guerra… —decía el abuelo—. Todo acaba algún día… —comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.

¿Y Naomi?

El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo.

Tatami: estera que se coloca sobre pisos, en las casas japonesas tradicionales

Abandonó el tatami, se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.

Haiku: breve poema de diecisiete sílabas, típico de la poesía japonesa.

El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus:

Lento se apaga

El verano

Enciendo

Lámpara y sonrisas.

Pronto

Florecerán los crisantemos.

Espera,Corazón.

Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos.

El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar!

Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.

La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la cmisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca…

Y los dos deseos se cumplieron.

Pero el mundo tenía sus propios planes…

Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima.

Obi: faja que acompaña al kimono.

Kimono: vestimenta tradicional japonesa, de amplias mangas, largas hasta los pies y que se cruza por delante, sujetándose con una especie de faja llamada obi.

Naomi se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora?

“Ahora”, Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi?

En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.

En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.

Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.

En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.

Dos viejos trenzan bambúes por última vez.

Verso de una popular canción infantil japonesa.

Una docena de chicos canturrea: “Donguri-Koro Koro- Donguri Ko…” por última vez.

Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.

Miles de hombres piensan en mañana por última vez.

Naomi sale para hacer unos mandados.

Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.

Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima.

Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido.

Nadie será ya quien era.

Hiroshima arrasada por un hongo atómico.

Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.

Recién en diciembre logró Toshiro averiguar donde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios!

Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima, como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre.

Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.

El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.

Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura.

Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.

-Voy a morirme, Toshiro… —susurró. No bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama—. Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta…

Semba-Tsuru (Mil grullas): Una creencia popular japonesa, asegura que haciendo mil de esas aves –según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel)– se logra alcanzar la larga vida y felicidad.

Mil grullas… o “Semba-Tsuru”, como se dice en japonés.

Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.

-Te vas a curar, Naomi —le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida.

El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.

Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí.

Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.

En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.

Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.

La tijera la llevaba oculta entre sus ropas.

Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, el muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.

Furoshiki: tela cuadrangular que se usa para formar una bolsa, atándola por sus cuatro puntas después de colocar el contenido

Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos.

No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.

-Prohibidas las visitas a esta hora —le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.

Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, Por favor…

Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasililidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh?

Naomi dormía.

Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió.

Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.

Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.

Tosi-can: diminutivo de Toshiro

-Son hermosas, Tosí-can… Gracias…

-Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas —y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.

En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.

Los ojos de Naomi seguían sonriendo.

La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?

Febrero de 1976.

Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.

Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.

Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo.

Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquinas de calcular.

Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes…

Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa.

-Algún día completará las mil… —cuchicheaban entre risas— ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?

Ninguno sospechaba, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la pérdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.

Domingo 30- 05-10

Significado de los colores para publicidad

Blanco: Se asocia con la bondad, la inocencia, la pureza, la virginidad, seguridad, pureza y limpieza. En publicidad, al blanco se le asocia con la frescura y la limpieza porque es el color de nieve. En la promoción de productos de alta tecnología, el blanco puede utilizarse para comunicar simplicidad.

Amarillo: Representa la alegría, la felicidad, la inteligencia y la energía. El amarillo sugiere el efecto de entrar en calor, provoca alegría, estimula la actividad mental y genera energía muscular. Con frecuencia se le asocia a la comida. Es muy adecuado para promocionar productos para los niños y para el ocio.

Naranja: Combina la energía del rojo con la felicidad del amarillo. Se le asocia a la alegría, el sol brillante y el trópico. Representa el entusiasmo, la felicidad, la atracción, la creatividad, la determinación, el éxito, el ánimo y el estímulo. Es un color muy caliente, por lo que produce sensación de calor. Sin embargo, el naranja no es un color agresivo como el rojo. Color cítrico, se asocia a la alimentación sana y al estímulo del apetito. Es muy adecuado para promocionar productos alimenticios y juguetes

Rojo: Color del fuego y el de la sangre, por lo que se le asocia al peligro, la guerra, la energía, la fortaleza, la determinación, así como a la pasión, al deseo y al amor. Tiene una visibilidad muy alta, por lo que se suele utilizar en avisos importantes, prohibiciones y llamadas de precaución. En publicidad se utiliza el rojo para provocar sentimientos eróticos. Símbolos como labios o uñas rojos, zapatos, vestidos, etc., son arquetipos en la comunicación visual sugerente.

Púrpura: El púrpura aporta la estabilidad del azul y la energía del rojo. Se asocia a la realeza y simboliza poder, nobleza, lujo y ambición. Sugiere riqueza y extravagancia. El color púrpura también está asociado con la sabiduría, la creatividad, la independencia, la dignidad.

Azul: El azul es el color del cielo y del mar, por lo que se suele asociar con la estabilidad y la profundidad. Representa la lealtad, la confianza, la sabiduría, la inteligencia, la fe, la verdad y el cielo eterno.

Verde: El verde es el color de la naturaleza por excelencia. Representa armonía, crecimiento, exuberancia, fertilidad y frescura. El color verde tiene un gran poder de curación. Es el color más relajante para el ojo humano y puede ayudar a mejorar la vista. Es recomendable utilizar el verde asociado a productos médicos o medicinas. Por su asociación a la naturaleza es ideal para promocionar productos de jardinería, turismo rural, actividades al aire libre o productos ecológicos.

Negro: El negro representa el poder, la elegancia, la formalidad, la muerte y el misterio. El negro representa también autoridad, fortaleza, intransigencia. También se asocia al prestigio y la seriedad

  Tabla de propiedades de los colores:

En la siguiente tabla vamos a resumir, para los principales colores, qué simbolizan, así como su efecto psicológico o acción terapéutica, tanto en positivo, como en negativo:

Color Significado Su uso aporta El exceso produce
BLANCO Pureza, inocencia, optimismo Purifica la mente a los más altos niveles
LAVANDA Equilibrio Ayuda a la curación espiritual Cansado y desorientado
PLATA Paz, tenacidad Quita dolencias y enfermedades
GRIS Estabilidad Inspira la creatividad

Simboliza el éxito

AMARILLO Inteligencia, alentador, tibieza, precaución, innovación Ayuda a la estimulación mental

Aclara una mente confusa

Produce agotamiento

Genera demasiada actividad mental

ORO Fortaleza Fortalece el cuerpo y el espíritu Demasiado fuerte para muchas personas
NARANJA Energía Tiene un agradable efecto de tibieza

Aumenta la inmunidad y la potencia

Aumenta la ansiedad
ROJO Energía, vitalidad, poder, fuerza, apasionamiento, valor, agresividad, impulsivo Usado para intensificar el metabolismo del cuerpo con efervescencia y apasionamiento

Ayuda a superar la depresión

Ansiedad de aumentos, agitación, tensión
PÚRPURA Serenidad Útil para problemas mentales y nerviosos Pensamientos negativos
AZUL Verdad, serenidad, armonía, fidelidad, sinceridad, responsabilidad Tranquiliza la mente

Disipa temores

Depresión, aflicción, pesadumbre
AÑIL Verdad Ayuda a despejar el camino a la conciencia del yo espiritual Dolor de cabeza
VERDE Ecuanimidad inexperta, acaudalado, celos, moderado, equilibrado, tradicional Útil para el agotamiento nervioso

Equilibra emociones

Revitaliza el espíritu

Estimula a sentir compasión

Crea energía negativa
NEGRO Silencio, elegancia, poder Paz. Silencio Distante, intimidatorio

Martes 18- 05- 10

La Canción del Pirata:

Con diez cañones por banda,

viento en popa, a toda vela,

no corta el mar, sino vuela

un velero bergantín.

Bajel pirata que llaman,

por su bravura, el Temido,

en todo mar conocido

del uno al otro confín.

La luna en el mar riela,

en la lona gime el viento,

y alza en blando movimiento

olas de plata y azul;

y va el capitán pirata,

cantando alegre en la popa,

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá a su frente Estambul:

Navega,

velero mío,

sin temor,

que ni enemigo navío

ni tormenta, ni bonanza

tu rumbo a torcer alcanza,

ni a sujetar tu valor.

Veinte presas

hemos hecho

a despecho

del inglés,

y han rendido

sus pendones

cien naciones

a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar.

Allá muevan feroz guerra

ciegos reyes

por un palmo más de tierra;

que yo aquí tengo por mío

cuanto abarca el mar bravío,

a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,

sea cualquiera,

ni bandera

de esplendor,

que no sienta

mi derecho

y dé pecho

a mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar.

A la voz de «¡barco viene!»

es de ver

cómo vira y se previene

a todo trapo a escapar;

que yo soy el rey del mar,

y mi furia es de temer.

En las presas

yo divido

lo cogido

por igual;

sólo quiero

por riqueza

la belleza

sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!

Yo me río;

no me abandone la suerte,

y al mismo que me condena,

colgaré de alguna entena,

quizá en su propio navío.

Y si caigo,

¿qué es la vida?

Por perdida

ya la di,

cuando el yugo

del esclavo,

como un bravo,

sacudí

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar.

Son mi música mejor

aquilones,

el estrépito y temblor

de los cables sacudidos,

del negro mar los bramidos

y el rugir de mis cañones.

Y del trueno

al son violento,

y del viento

al rebramar,

yo me duermo

sosegado,

arrullado

por el mar.

Qué es

mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar.

José de Espronceda (Almendralejo‐Badajoz, 1808 – Madrid, 1842) es uno de los representantes más auténticos del romanticismo español. Interesado por la literatura y la política tuvo que exiliarse a Europa, donde conoció el romanticismo europeo. Tras una vida aventurera terminó siendo diputado liberal. Entre sus obras cabe destacar la

famosa “Canción del pirata” y el poema narrativo “El estudiante de Salamanca”. A su muerte era considerado el mejor poeta español y uno de los políticos más prometedores.

MARTES 05-05-10

Martes 07 de Octubre, 2008

El móvil de Hansel y Gretel

por Hernán Casciari

Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: No importa. Que lo llamen al papá por el móvil.

Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura toda ella, en general si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.

¿Ya está?

Muy bien. Ahora ponga un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista.

No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?

La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.

Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.

Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.

Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.

Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.

Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler.)

Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:

M HGO LA MUERTA,

PERO NO STOY MUERTA.

NO T PRCUPES NI

HGAS IDIOTCES. BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción Banda ancha móvil de Movistar.

Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría Cien años sin conexión narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el messenger.

La famosa novela de James M. Cain El cartero llama dos veces escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría El gmail me duplica los correos entrantes y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura, la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.

En la obra El jotapegé de Dorian Grey, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico Blancanieves no consultaría todas las noches al espejo sobre quién es la mujer más bella del mundo, porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90 la conexión y 0,60 el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wi-fi.

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa.

La telefonía inalámbrica vino a decirme anoche la Nina, sin querer. Nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?

No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador. ¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo de las escritas, las vividas, incluso las imaginadas porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

02-05-10

PROYECTO INSTITUCIONAL

CARTILLA  DE   ACTIVIDADES  PARA  LA  PASANTÍA

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El faro del Bicentenario o “El palacio Barolo”

Desde el Palacio Barolo

Donde habita el Dante

Tiene 22 pisos, que son versos; un poco más de cien metros, que parecen cantos; tres secciones: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Y una vista áurea…

¿Cómo se ve, cómo se siente Buenos Aires desde sus techos, sus terrazas, sus torres? LN R le propuso a un grupo de jóvenes escritores embarcarse en la tarea de escribir esas sensaciones

También las estrellas parecen rehusarse a la idea de desaparecer y convertirse en sombras. Algo de eso revelan los telescopios, que al observar su luz acceden además a los datos de su pasado, aquello que alguna vez fueron y ahora ya no son; testimonios de su paso por la Tierra. Como si no fuera exclusividad de los hombres la esperanza de que aun al abandonar el ser le sobrevivan a éste sus rastros.

En el medievo, el poeta florentino Dante Alighieri (1265-1321) plasmó su fascinación por las estrellas en la obra que lo sobreviviría, La Divina Comedia. Fue en el primer canto del Purgatorio, al aludir a la constelación más pequeña del firmamento, la Cruz del Sur: Vidi quattro stelle/ non viste mai fuor ch´alla prima gente./Goder pareva il ciel di loro fiammelle:/ho settentrional vedovo sito/poichè privato se´ di mirar quelle!

Es asombroso, no sólo porque desde los cielos de Florencia resulta inexplicable que su visión la haya alcanzado. También, porque nadie hasta el año 1488 parece haber navegado 20º al Sur, y la Cruz es visible más allá de latitudes de los 20º. Sin saberlo, encomendó la pervivencia de su nombre a la eternidad de las estrellas.

La luz del poeta

A comienzos del siglo XX, los restos del Dante estuvieron muy cerca de esa luz pensada por el poeta medieval: el cielo de Buenos Aires. Así lo planearon el empresario Luis Barolo (1869-1922) y el arquitecto Mario Palanti (1885-1979), ambos italianos, y responsables de la construcción del edificio más alto de América hasta los años 30, el Palacio Barolo. Unico por su arquitectura y su faro, y con referencias a los cantos de La Divina Comedia, se inauguró en 1923. Su altura de 108 metros fue superada en 1931 por el Empire State, de 443 metros, en Nueva York.

Temían que una nueva guerra devastara toda Italia y los restos del Dante se perdieran entre los escombros. Para evitarlo, planearon un operativo de expatriación. Al sobrevenir la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) la empresa no se concretó, pero el Palacio siguió en pie. Su faro acompañó con su lumbre el crecimiento de la ciudad de Buenos Aires y su atmósfera cosmopolita, de la mano de los cientos de millones de inmigrantes que llegaban a su puerto, italianos y españoles sobre todo. A la par crecieron tras sus paredes misterios que sólo hallan respuestas en los astros y la numerología. Hasta que su faro dejó de iluminar, en sintonía con otros ocasos. Luego de décadas sin funcionar y de un arduo trabajo de restauración, ahora vuelve a iluminar el cielo de Buenos Aires, con una misión de custodio tan ambiciosa como la que inspiró su creación, la de ser el Faro del Bicentenario.

“Ningún juez es más justo que el autor de la obra”, dice en latín una de las inscripciones que aparecen en el edificio en la planta baja. La frase se eleva detrás de la espalda del arquitecto Fernando Carral, responsable del equipo de restauración del faro y que sigue trabajando en la recuperación del palacio. Se voltea hacia atrás y persigue la mirada que se desvía de lo que cuenta. Sonríe. Sigue explicando por qué el edificio es más que una “joya” del neogótico y neorromántico: “Fue el primer edificio construido con hormigón armado”. Las escaleras tienen 1410 peldaños revestidos con mármol de Carrara y están decoradas con herrajes, vitraux, lámparas y molduras. Y el granito cubre las paredes y columnas.

“Está lleno de misterios”, susurra, mientras vuelve a pulsar el botón del ascensor. Lo dice, y sus dedos índice y pulgar aprietan el filtro del cigarrillo, como si la impaciencia amontonada por volver a subir pudiera liberarla con el humo de esas pitadas finales y ahogadas.

Porque Carral perdió la cuenta de las veces que subió al faro. Fueron decenas de veces, todos los días, durante los seis meses de 2009 que llevó su restauración. Lo había hecho antes, cuando maquinaba de qué modo se podía desmontar y bajar el faro desde su cúpula, por una escalera más estrecha que una cabina de teléfono, por la que una persona de más de 1,60 metros de altura debe pasar agachado. Había que pulir y cromar de nuevo ese espejo de 94 centímetros de diámetro; el calor del arco voltaico original lo había quemado. Para hacerlo necesitaba una campana de igual diámetro donde apoyarlo. Y luego volver a colocar una lámpara que, al reflejarse sobre aquél y amplificar el haz de luz, no volviera a quemarlo. Luego, cambiar el motor y restituirle su mecánica. Todo eso se logró. El Observatorio Astronómico prestó su campana -única con 1,10 metros de diámetro, la medida justa para apoyar esa concavidad espejada-, y el espejo fue bajado por 22 pisos, atravesando la temible estrechez de la escalera de la cúpula, entre manos temblorosas que lo sujetaban con franelas.

El cromado se realizó, y también la limpieza de sus piezas, que hoy obedecen a un riguroso sistema computarizado por el que se programan su encendido, la rotación de su luz y su permanencia en el cielo nocturno de la ciudad, todos los 25. Se logró gracias al aporte económico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, a través de su embajada en Buenos Aires, y a la fascinación que ejerce esa construcción sobre sus restauradores, que prolongaron sus trabajos más allá del objetivo inicial y de los recursos asignados.

Con la birome lista en el bolsillo de la camisa para corregir un cálculo, el arquitecto se pierde en la bruma de mensajes cifrados del edificio. Le llaman la atención los ascensores ocultos. “Fueron mandados construir por Barolo para pasar sin ser visto”, cuenta. Y “cosas que van apareciendo de repente”. Como una nota de la época, dejada por el yesero en un hueco de pared; su contenido es borroso. “El tipo quería decir algo y que se conociera después; los que trabajaban sabían que este palacio iba a ser importante”, explica. “Imaginate: superaba tres veces la altura permitida en la época. La gente caminaba de la vereda de enfrente, porque tenía miedo de que se les cayera encima…”.

A imagen y semejanza

La construcción tiene 22 pisos, el número de estrofas de los versos de Dante. Sus metros, un poco más de 100, como los cantos de su obra. Está divido en tres sectores, Infierno, Purgatorio y Paraíso, lo mismo que La Divina Comedia.

En el hall central, los baldosones forman una estrella. “Ahí tenían que estar los restos del Dante, apuntando a la Cruz del Sur, para que su alma se elevara hasta ahí. Se había hecho la urna y todo”, cuenta. La urna apareció hace ocho años en Mar del Plata. “¿Me querés decir cómo fue a parar ahí?” El administrador del edificio, Guillermo Campbell, viajó para recuperarla y no pudo comprarla; estaba en manos de un coleccionista privado. Su sobrino y guía del palacio, Miqueas Thärigen -nieto y bisnieto, respectivamente, de uno de los primeros oficinistas del edificio- aporta: “Se había mandado realizar una estatua de bronce, con un águila de 1,70 metros. Nos enteramos de su existencia porque también estaba en Mar del Plata y le faltaba la mitad.”

“Pareciera un ensañamiento”, dice Carral. El ascensor llega. Vuelve a mirar la inscripción en latín, y cierra la puerta.

Para llegar al mirador del piso 20 hay que tomar un segundo ascensor en el 13. Ver la ciudad desde arriba no parece haber sido pensado como una actividad popular: su capacidad es para tres personas.

El palacio tiene nueve bóvedas de acceso, tal el número de jerarquías infernales. En las transversales, sobre sus columnas, se ubican lámparas sostenidas por cuatro cóndores y dos dragones.

El ascensor llega al Paraíso. Carral advierte, a modo de disculpa: “El edificio hoy tiene algunas herejías”. Se refiere a los cables y las antenas satelitales de afuera. Pero la vista los posterga: ahí está la ciudad, devorada por un cielo convertido en abanico de sombras rosadas.

Los árboles de Colonia, al otro lado del río, recuperan la ambición herculana de Palanti. Pretendía enmarcar lumínicamente el acceso a la desembocadura del Río de la Plata, como bienvenida a extranjeros que llegaban desde el Atlántico. Para eso construyó un edificio gemelo en la avenida 18 de Julio, en Montevideo: el Palacio Salvo. En ambos se erguían cúpulas capaces de resistir faros de 300.000 bujías. Los había concebido como “Columnas de Hércules” del Río de la Plata, capaces de dialogar con sus faros.

En 1923, año de su inauguración, el Barolo anunció el resultado de la histórica pelea de boxeo entre Luis Angel Firpo y Jack Dempsey por el título mundial de peso pesado, en el Madison Square Garden, en Nueva York.

El color blanco debía marcar el triunfo del estadounidense. El verde, la victoria del argentino. Firpo sacó del ring a Dempsey y el faro se encendió de color verde. Fueron 19 segundos. Pero el estadounidense volvió a subir y noqueó a Firpo. Luego de unos minutos, el faro volvió a verse de color blanco.

Desde uno de los balcones, rodeados por sus doce cúpulas que simbolizan a los apóstoles, la Torre de Lugano parece una maqueta. La costa de Berisso, una acuarela desteñida. Tampoco allá las nubes se animan; parecen morir antes de ser pensadas.

Hacia el Sur, el Obelisco exige esfuerzo. “Es ese «enano» que está ahí”, ayuda Carral.

Las leyes de la percepción

El Congreso pareciera haber sido emplazado recién para facilitar sus detalles. Las luces tiemblan en el aire fresco y el verde que lo rodea corrige la injusticia de una creencia. Las leyes de la percepción tienden trampas a la emoción y la memoria. ¿Será que las asociaciones negativas a su figura son en realidad tretas de su forma? Esta con frecuencia es moldeada por el hombre. Será por eso -la oscuridad de las almas que lo habitan- que la mente le atribuyó una imagen lastimosa. Las casualidades vuelven a desmentirse a sí mismas: el hallazgo de su belleza llega con el encendido del faro, que le apunta. “Ilumina a los políticos”, se escucha la voz de un chico.

La luz del faro empieza a girar. El silencio parece nacer ahí donde las estrellas convencen con su cercanía. Los ruidos de abajo llegan atenuados y desgarrados.

¿Por qué el faro tiene un transportador circular con 640 divisiones?, pregunta uno. Por qué no 180º o 360º no se sabe, dice el arquitecto, que mira al guía, que acaba de subir. Cuenta que una empleada del edificio dijo hace poco: “Dividámoslo por 72, que es un número áureo”. Llega la cuenta: “8,888…”. Claro, dice Carral: “El símbolo del infinito, un ocho acostado”.

La conclusión es devorada por otra historia. Ocurrió metros más arriba, donde está el faro. Su protagonista es un capataz, durante la construcción del palacio, cuenta Miqueas, el guía. Pero interrumpe el relato. “Sigue girando”, le dice al arquitecto. “Fui yo, lo programé para unos minutos más.” El guía vuelve a la historia: “El faro se había encendido, al parecer solo. Era un 7 de junio, cumpleaños de Barolo. El capataz, masón igual que Dante, subió a ver, pero nunca bajó. Al otro día, su ropa fue encontrada junto al faro, sin su cuerpo”. Resuena otra inscripción en latín: Corpus ánimun tegit détegit, “el cuerpo a veces oculta el alma, otras la revela”.

Para el porteño y para el visitante, Buenos Aires puede ser la ciudad contenida en las paredes eclécticas que revelan los trazos de sus múltiples pasados: el colonialismo español, las invasiones inglesas, las aventuras arquitectónicas francesas, la inmigración italiana y española. El resto, lo que se muestra ahora, desde abajo parece condenado a ser una periferia que no vale la pena ver. La Buenos Aires ignorada por el turista y los mapas es una gran capa de estratos. Ahí está su inmensidad. Quizá de esa sustancia esté compuesta su belleza. Es una visión candorosa. Pero las estrellas, se sabe, no nacieron para inspirar sombras.

Por Gisela Antonuccio

La autora nació en Buenos Aires en 1975. Es licenciada en Periodismo y escribe para la agencia italiana ANSA y para diarios argentinos. Publicó la novela La hija (Norma, 2008), tercer premio de la Casa del Escritor; el cuento Visitas, mención de honor en el certamen Haroldo Conti (2006), y El premio (2009), incluido en Nuevo Cuento Latinoamericano (Marenostrum, España). Sus relatos integraron diferentes antologías.

Datos útiles

Palacio Barolo, Av. de Mayo 1370. Recorrido guiado, con cita previa: Miqueas Thärigen, 4383-1065/4381-2425. Además, los días 25 de cada mes, a las 21, se enciende el Faro del Bicentenario.

03-10

UNIDAD I

LA LECTURA CRÍTICA

“Leer críticamente es aprender una técnica que ofrece la oportunidad de aumentar la efectividad de nuestra lectura. Para esto, se deben adquirir las habilidades necesarias para excluir con la mayor prontitud las ideas o información no relevante o de mala calidad y aceptar de manera reflexiva aquellas otras con la suficiente calidad o validez para ayudarnos en nuestra toma de decisiones”. Ingeniero Telmo Vieri

Ejemplo: Supongamos que leo en un diario o revista el siguiente enunciado: “Los padres compran autos caros para que sus hijos los destruyan.”

Respuesta: La lectura crítica intentará dilucidar cómo, dentro del contexto del texto considerado como un todo, la palabra los se refiere a los padres, los hijos, o los autos.  Además si el texto expresado anteriormente respalda esa práctica en nuestra sociedad.

El pensamiento crítico tendría la función de decidir si el significado elegido es el cierto y si vos, el lector, aceptarías o no esa práctica.

Por lo tanto, la lectura crítica, antecede al pensamiento crítico, porque solo cuando se ha entendido completamente un texto (lectura crítica) se pueden evaluar con exactitud sus aseveraciones (pensamiento crítico).

Se puede aceptar o no una aseveración, pero se debe saber por qué.

Analicemos desde lo propuesto el siguiente enunciado:

“La globalización, que debería decirse mundialización, no es la gestación de una cultura global; lo que se globaliza es la cultura norteamericana, desde la comida rápida, que es pésima, hasta la  música, la ropa y, claro, la lengua”, cuestionó el presidente de la Academia Argentina de Letras (AAL), Pedro Luis Barcia.

Aprender a Pensar